MI DEBER… Y TÚ

Por: Ahnira Sang

Mi deber y tú, por Ahnira Sang. Ilustración cortesía de Ahnira Sang y Adriana Castillo.


Aún te recuerdo.

Mirabas a la ventana, en lugar de atender la clase.

Entre el vaivén de las lecciones, destacaba tu belleza particular. Pero, no podía permitirme tal adulación, debía ignorarlo; semejar tu indiferencia.

Todo habría sido más sencillo, si mi deber no me hubiera empujado directamente a ti… Maggy Soreasu.

Cuando empecé a dar clases en el famoso Instituto Anna Resemberg, me sentí bendecido ante aquella gran oportunidad: trabajar en la prestigiosa casa de estudios de señoritas pertenecientes a las más distinguidas familias de Gales que se asentaron en Newport y los alrededores.

—Mi nombre es Marcus Relish —anoté mi nombre en la pizarra, precedido de mi título de profesor—. A partir de ahora, impartiré su clase de Literatura Universal.

Aquél instituto se encargaba de la educación de cientos de alumnas de distintas edades, los grupos de más jóvenes estaban a cargo de maestras y profesores con creciente antigüedad en el lugar. Conforme los cursos avanzaban, los grupos se reducían en tamaño; algunas familias no deseaban educar demasiado a sus hijas. Frente a uno de esos reducidos grupos, estaba yo.

Al iniciar mi labor, mi pasión de impulsar el conocimiento en sus mentes me embargaba. Era fundamental brindarles lo mejor a esas jóvenes mujeres que, seguramente, lograrían dejar huella en el mundo. Era tal mi deseo, que no soportaba la más mínima distracción.

—¡Soreasu! —exigí su atención— Clasifica la poesía que leyó tu compañera.

Ella me miró, un poco sorprendida ante mi petición. Se levantó, más no dijo nada.

—¿Y bien?

—No puedo decirle en este momento, profesor. —dijo, con la mirada abajo, tal como se les indicaba.

—¿Por qué?

—Me he distraído por un momento, tras la ventana veo algunas abejas. Me preocupa que alguna pueda entrar y muera aplastada.

Las disimuladas risas de sus compañeras, no se dejaron esperar. Era una líder nata, tenía un encanto que capturaba la atención de todos a su alrededor, incluyéndome.

Golpeé mi escritorio. El silencio volvió.

—La poesía que leyó su compañera, señorita Harper.

—Se puede clasificar dentro de la poesía dramática, profesor. —contestó, azorada.

La clase continuó como si no hubiera existido incidente alguno. Al terminar, dictaminé:

—Soreasu, debo hablar con usted.

Sus compañeras se escabulleron, con temor a lo que significaba una llamada de atención. Sin embargo, el rostro de la joven en cuestión, no se inmutó.

—Usted me ha insultado, no sólo a mí, ha insultado al saber mismo. Debería avergonzarse de su actitud.

Ella no respondió. Frente a mí, clavó su mirada al suelo.

—Me imagino, que es usted consciente que ha tenido suficientes incidencias en mi clase. No puedo pasar por alto un comportamiento así.

—No esperaba menos de usted, profesor.

Su respuesta me sorprendió, jamás imaginé que fuera capaz de responderme, tan insolente…

—¿Cómo dice? —como queriendo rectificar que, aquella joven, había cometido esa falta.

—Tal como escuchó. No esperaba menos de usted —avanzó despacio hacia la ventana, dejó sus cuadernos sobre el pupitre—. Pero, ¿por qué tardó tanto en reprenderme?

Volteó a verme, con altiva seguridad.

—Eso, es… —jamás se me habían escapado los argumentos, como en esa ocasión.

—Llevo mucho tiempo esperando este momento…

Su respuesta me dejó contrariado, ¿llevaba tiempo esperando a que la reprendiera? En el fondo, intuí que una joven inteligente y diligente en sus demás asignaturas, no podía demostrar tal comportamiento en mi clase. Por ello, fui paciente con ella. Ahora, me estaba dando a entender que lo había planeado todo.

—No es necesario que diga nada. Sólo escúcheme. —se acercó, deteniéndose a tres pasos de mí— Quiero que me enseñe poco más, comparta su conocimiento conmigo.

—De eso mismo quiero hablar con usted, si pusiera más atención a mis clases, lograría su cometido, señorita —traté de apaciguar mis nervios y recuperar la autoridad que, de a poco, osaba robarme.

—No esa clase de conocimiento, profesor… —clavó su mirada en mis ojos, dio un fugaz vistazo a mis labios, casi imperceptible.

No me atreví a interpretar sus palabras.

—Deseo que me enseñe sobre la vida misma, con base a su experiencia. No como profesor —sus mejillas se encendieron con delicadeza, más su mirada seguía firme—, como hombre.

Di un paso atrás, ¿escuché correctamente? Volví la mirada hacia la puerta, no había nadie ahí. Era una situación que no podía permitir.

—Señorita So…

—Marcus, ¿sabe lo que puedo hacer si me rechaza?, pero usted no lo hará —se acercó un poco más, mi corazón aceleró su ritmo—. Lo he visto, en su mirada. Siente lo mismo que yo…

—Si usted cree que caeré ante sus provocaciones, está muy equivocada. —dije, más seguro de lo que estaba.

—Yo he caído, ¿qué le hace creer que usted no caerá? —se acercó un poco más, luego, se dio media vuelta y caminó directo a recoger sus cuadernos.

Mi corazón bombeaba con fuerza, mi mente me pedía a gritos que aceptara su petición, ¿acaso no era el hombre que ella deseaba?, ¿acaso no era un hombre?…

Ella pasó de largo, sin dedicarme una última mirada.

Cierto. No era cualquier hombre; era su profesor.

—Soreasu. Debe desistir. Le pido que se rinda. Usted es mi alumna, no me es permitido tocarla.

Ella se detuvo en el umbral de la puerta, más no se volvió.

—Lo siento… es muy tarde para desistir. —salió directo a un solitario pasillo.

Se alejó con parsimonia.

—¿Qué puedo hacer? —me escuché decir— Para que se rinda…

Se detuvo en seco. Me acerqué, más ella no movió un solo dedo.

—No nos haga esto, Soreasu. No dañe el honor de un hombre decente, ni tampoco, atente contra su inocencia.

Escuché una suave risa.

—Usted es un hombre bueno, Marcus —continuó su camino.

—Espere… espera, Maggy.

Se detuvo.

—¿Qué puedo hacer? Para que desistas… —insistí.

Ella no volteó a verme.

—…al menos, regálame una experiencia. —dijo, sin darme la cara.

¿Una experiencia?

—¿a qué te refieres?

Continuó su camino. Mi paciencia se terminó. Nuestros pasos hicieron eco en el solitario pasillo. La alcancé, la tomé del hombro, no sin recordar mis palabras al instante. Ella me mostró una traviesa sonrisa y, al girar hacia mí, tomó mi mano.

—Sólo un beso —se acercó a mí—, con él sellará mis labios.

El contacto de su mano y la cercanía de la belleza que siempre quise ignorar, me convencieron por completo de no dejarla ir.

Sin pensarlo más, sin importar que alguien pudiera vernos, acaricié su mejilla con mi mano libre. Me incliné hacia ella y, en un suave movimiento, besé sus labios. En un instante breve y sublime, mi pecho fue invadido de un armónico sentir. Al separarme de ella, miré en sus ojos un brillo que no había notado antes, sin pensarlo más, nos fundimos en un beso más, y otro, y otro.

A partir de ese día, no pude apartarla de mi diario pensamiento. Lo cuál, nos empujó directamente al camino de un oculto romance que, prometimos, duraría sólo unos días. Pero se extendió más tiempo del imaginado, aunque menos del que hubiéramos deseado.

Todo habría sido más sencillo, si mi deber no me hubiera empujado directamente a ti… Maggy Soreasu.